Comentario Nº 91, 15 de junio de 2002
Condiciones Previas, Poder y Paz
La política se ocupa de las luchas sobre alternativas en cuestiones que afectan al interés público, luchas que no tienen fin. En el mundo contemporáneo sería muy deseable que se decidieran mediante algún tipo de votaciones aplicando la voluntad de la mayoría. Todos sabemos que los distintos individuos y grupos tienen opiniones sobre esas cuestiones de interés público que cuentan con mayor o menor respaldo, y que la determinación con que esos individuos y grupos persiguen sus objetivos (lo que incluye con cuánto dinero, prestigio y favores cuentan para invertirlos en el logro de sus objetivos) afecta enormemente al resultado. Lo que podríamos llamar un Estado estable y relativamente democrático sería aquél en el que esos debates se desarrollaran sin recurrir abiertamente a la violencia.
También sabemos que hay muchos de esos debates y disputas que suscitan un elevado grado de pasión porque parecen referirse a las reglas fundamentales del juego: quién está incluido y quién no en el proceso de toma de decisiones, cuáles son las fronteras dentro de las que se establecen unas u otras políticas, a quién pertenece la tierra y la herencia de determinada región. Llamemos constitucionales a esas luchas, que se producen en diferentes contextos; pueden afectar, por ejemplo, a una colonia que trata de independizarse de su metrópoli, o a una "minoría" (que a veces es la mayoría de la población) que trata de evitar su exclusión de ciertos derechos políticos (o económicos, o sociales) por parte del Estado. También pueden referirse a una larga disputa territorial o fronteriza entre distintos Estados.
Consideremos una pequeña lista de tales disputas que han alcanzado una notable publicidad a escala mundial en las últimas décadas: India/Pakistán sobre Cachemira, Sudáfrica bajo el régimen del apartheid, Irlanda del Norte, Chechenia, Israel/Palestina, Chiapas/México, el Sur de Sudán, los kurdos en Turquía, los vascos en España, Timor Oriental/Indonesia, Kosovo/Serbia. Los muy diversos conflictos de esta lista comparten de hecho dos características: (1) En algún momento ha habido en ellos violencia; (2) En cada caso, un bando está defendiendo el status quo mientras que el otro exige un cambio considerable de la situación.
Por supuesto, se trata de situaciones muy diferentes, y he confeccionado la lista para dejar claro que, en términos de ideología o apoyo exterior, el bando "más débil" y el "más fuerte" en esos conflictos no arrastran la misma solidaridad a escala mundial. La gente que apoyaba a los kosovares puede que no apoye a los vascos, o la que apoya a los sudaneses del Sur puede que no apoye a los palestinos. Evidentemente, esa gente no piensa que sea incoherente, y argumentará la especificidad de cada situación, diciendo que no son moralmente equivalentes.
Me gustaría localizar sin embargo algunos puntos en común analizando la historia o la retórica de esos conflictos. Los agravios que subyacen a esas disputas a menudo se enraizan en acontecimientos sucedidos en un pasado distante: un grupo fue conquistado, o desplazado, o vio su tierra confiscada. Eso ocurrió porque ese grupo era más débil que el que lo conquistó, desplazó o confiscó su tierra. Además, las querellas incluyen con frecuencia el hecho de que esos acontecimientos del pasado condujeron a la creación de estructuras políticas que efectivamente privaron de derechos al grupo más débil o pretendieron destruirlo culturalmente (ya fuera por conversión religiosa o por imposición lingüística).
La historia o la retórica ha sido habitualmente la siguiente. Primera fase: el grupo más fuerte refrenda la estructura con argumentos sobre sus propios méritos y las limitaciones culturales del grupo más débil. Segunda fase: El grupo más débil se organiza políticamente, cuestionando esa retórica y exigiendo una estructura más "igualitaria". Tercera fase: el grupo más fuerte hace oídos sordos a esas demandas y el más débil no ve salida alguna en términos de cambio constitucional. Cuarta fase: algunos elementos del grupo más débil emprenden la realización de actos violentos; el mundo se entera entonces de que algo pasa.
Cuando llegamos a la cuarta fase, parte de la política consiste en obtener o mantener el apoyo de grupos externos poderosos. Así, el grupo más fuerte arguye que la violencia del más débil es ilegítima, y que hacer concesiones a la violencia sentaría un precedente inaceptable. El grupo más fuerte exige el fin de la violencia como "condición previa" para unas negociaciones que pudieran conducir eventualmente a la "paz". El grupo más débil responde que sin violencia se le ignoraría, y que sólo las negociaciones pueden llevar a una solución "política" que acabe efectivamente con la violencia. ¡Callejón sin salida!
Todos sabemos cómo es esa cuarta fase. Es el gobierno de la India pidiendo que Pakistán ponga fin a las infiltraciones. Es el régimen del apartheid negándose a liberar a Nelson Mandela mientras el CNA no renuncie a la violencia. Son los protestantes de Irlanda del Norte exigiendo el desarme del IRA antes de proceder a cualquier cambio. Es el gobierno ruso insistiendo en que los rebeldes chechenos no son sino criminales. Es Sharon diciendo que no habrá negociación con la Autoridad Palestina hasta que cese el terrorismo. Es el gobierno de Jartún diciendo que los sudaneses del Sur deben dejar las armas, y el gobierno turco diciendo lo mismo a los kurdos. Es el gobierno español denunciando a los terroristas de ETA. Es el gobierno indonesio respondiendo con una represión feroz a los timoreses orientales. Son los serbios enviando a sus tropas para barrer a los rebeldes kosovares.
Una vez más, repito que he elegido esos casos porque creo que los lectores pueden estar de acuerdo con el grupo "más fuerte" sólo en algunos casos y disentirá enérgicamente en otros. A mí me pasa también. Pero los paralelismos estructurales entre todos esos casos son ciertamente notables. Lo que también llama la atención es el debate en el interior de cada bando, que parece ser el mismo en todos los casos. Cada bando cuenta con "moderados" que desean hallar una solución política que implique algún tipo de "compromiso", y en cada bando hay intransigentes del todo o nada, que emplean la mayor pare de sus energías en luchas contra los moderados del propio bando, o en tratar de impedir cualquier tipo de negociaciones recurriendo en el momento más inoportuno al uso de provocaciones violentas.
Esos nueve casos son efectivamente diferentes, cada uno con su propia especificidad. Y las soluciones, si las hay, serán muy diversas. Pero todos ellos se refieren al poder y los derechos, y todos incluyen la violencia, tanto de quienes quieren mantener el status quo como de quienes desean transformarlo. Y todos ellos concluirán sólo cuando se alcance algún tipo de acuerdo político. Si la "guerra contra el terrorismo" es una guerra para impedir que los grupos más débiles empleen la violencia, puede compararse a Don Quijote arremetiendo contra los molinos de viento. Evidentemente, una fuerza suficiente en defensa del status quo puede reprimir con éxito a los opositores durante un tiempo, pero sólo durante un tiempo. También es cierto que los organizadores de una rebelión determinada pueden ser aplastados. Pero en tal caso se ven más pronto o más tarde reemplazados por otros, más moderados si se hacen concesiones y más feroces si no.
Todos tenemos que darnos cuenta de que el fin de tales disputas (quinta fase, de la que hay bastantes ejemplos históricos, como el fin de la disputa franco-alemana por Alsacia-Lorena), siempre se ha alcanzado políticamente, y nunca por medios puramente bélicos. Ahí pueden encontrar una lección histórica ambos bandos. Pero la solución política siempre incluye también el uso de la violencia por ambos bandos. En cualquier conflicto importante es prácticamente inevitable.
Análisis menos moralistas y más pragmáticos podrían probablemente servir de ayuda. Las concesiones siempre son dolorosas. Lo importante es que cuando se hagan sean tales que sólo sufran por ellas las generaciones actuales y que las futuras apenas puedan entender por qué fueron tan dolorosas. Ese tipo de soluciones políticas son las únicas duraderas.
Immanuel Wallerstein (15 de junio de 2002).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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